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miércoles, abril 17, 2013

Sunrise


Un amanecer en Brasil
Un amanecer, una playa, un país

[...]
Pero de nuevo el mundo se ha salvado.
La luz discurre inventando sucios colores
y con algún remordimiento
de mi complicidad en el resurgimiento del día
solicito mi casa,
atónita y glacial en la luz blanca,
mientras un pájaro detiene el silencio
y la noche gastada
se ha quedado en los ojos de los ciegos.



El amanecer de un nuevo orden

sábado, marzo 30, 2013

Y uno aprende...

Abrazo
Y uno aprende... a abrazar con el alma

Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar el alma. Y uno aprende que el amor no significa acostarse, y una compañía no significa seguridad…Y uno empieza a aprender que los besos no son contratos y los regalos no son promesas…Y uno empieza a aceptar sus derrotas con la cabeza alta y los ojos abiertos. (Entiéndase por derrotas la responsabilidad emocional, por cabeza alta la confianza en uno mismo, y por los ojos abiertos la comprensión que es igual a la consciencia… notas de Ari Shemoth)

Y uno aprende a construir todos sus caminos en el hoy, porque el terreno del mañana es demasiado inseguro para planes, y los futuros tienen una forma de caerse en la mitad. Y después de un tiempo uno aprende que si es demasiado, hasta el calor del sol quema. (Entiéndase por demasiado las situaciones que revisten apegos y control)

Así que uno planta su propio jardín y decora su propia alma, en lugar de esperar a que alguien le traiga flores. (Se hace referencia a la autoestima)

Y uno aprende que realmente puede aguantar, que uno realmente es fuerte, que uno realmente vale, y uno aprende y aprende y con cada día uno aprende. (Crecimiento basado en el aprecio por uno)

Con el tiempo aprendes que estar con alguien porque te ofrece un buen futuro significa que tarde o temprano querrás volver a tu pasado. (Recuperar tu libertad y sentido de identidad)

Con el tiempo comprendes que sólo quien es capaz de quererte con tus defectos, sin pretender cambiarte, puede brindarte toda la felicidad que deseas. (Madurez emocional)

Con el tiempo te das cuenta de que si estás al lado de esa persona sólo por acompañar tu soledad, irremediablemente acabarás deseando no volver a verla. 

Con el tiempo entiendes que los verdaderos amigos son contados, y que el que no lucha por ellos tarde o temprano se verá rodeado de amistades falsas. (También con el tiempo aprendes que para tener amigos hay que aprender a serlo primero, y que la vida es como el eco, solo te devuelve lo que envías)

Con el tiempo aprendes que las palabras dichas en un momento de ira pueden seguir lastimando a quien heriste, durante toda la vida. 

Con el tiempo aprendes que disculpar cualquiera lo hace, pero perdonar es sólo de almas grandes. 

Con el tiempo comprendes que si has herido a un amigo duramente, muy probablemente la amistad jamás volverá a ser igual. (Nadie da lo que no tiene, y eso incluye al perdón que se otorgue hacia uno mismo)

Con el tiempo te das cuenta que aunque seas feliz con tus amigos, algún día llorarás por aquellos que dejaste ir.

Con el tiempo te das cuenta de que cada experiencia vivida con cada persona es irrepetible. 

Con el tiempo te das cuenta de que el que humilla o desprecia a un ser humano, tarde o temprano sufrirá las mismas humillaciones o desprecios, multiplicados al cuadrado. (Quien cava un hoyo para que caiga otro, se convertirá en su propia tumba)

Con el tiempo comprendes que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen ocasionará que al final no sean como esperabas. 

Con el tiempo te das cuenta de que en realidad lo mejor no era el futuro, sino el momento que estabas viviendo justo en ese instante.

Con el tiempo aprenderás que intentar perdonar o pedir perdón, decir que amas, decir que extrañas, decir que necesitas, decir que quieres ser amigo, ante una tumba, ya no tiene ningún sentido, ya es tarde, nunca dejes que algo te sea demasiado tarde. (Vive tu vida y llénate de ti para derramarte sobre los demás)

Pero desafortunadamente, lo aprenderás sólo con el tiempo...

*******

Todo lo que se llama estudiar y aprender no es otra cosa que recordar.
(Platón)


lunes, octubre 15, 2012

El Aleph de Jorge Luis Borges

El aleph: un punto, un reflejo infinito
Un punto que refleja el universo entero

Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato; empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo, recogeré.

En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.

Sentí infinita veneración, infinita lástima.


*******

Ya conocía el trazo del Aleph. 

Cuando sólo era un niño, las mil quinientas claves de un libro vestido con tapas de plata me indicaron como dibujarlo. Aquellas claves atendieron mi loca plegaria, orgullosa e impaciente.

Durante mil y una noches tracé el Aleph, una y otra vez, a la sombra de la luna, en el pergamino de mis sueños. Lo hice en negro sobre plata y en plata sobre negro, resiguiendo la espina dorsal del cielo nocturno. Mi sangre se congelaba mientras aquel invisible pincel sudaba la fría y argentina tinta.

Sentía la veneración del mensajero sabio, pero no la lástima del ángel compasivo. Era demasiado joven.

Necesitaba que algún fuego me ayudara a descongelar aquella sangre plomiza, espesada por cristales de hielo. Necesitaba trazar aquel símbolo de alguna otra forma. 

Alguien me recordó que las lágrimas son la sangre del Alma.

Por fin lo entendí: debía tatuar el Aleph en el centro de mi órbita, estamparlo allí con la sangre de mi Alma. Nunca había probado a trazarlo con la cálida tinta de mis lágrimas, en un lienzo trenzado por dorados rayos de SolNunca había probado a trazarlo sintiendo en mis labios la áurea sal de la Vida.

Así trazado, ese ideograma representará mi postrera huella, el último paso en mi camino por el Árbol de la Vida

Así grabado, ese signo contiene la llave forjada en Oro que abre la sala del trono.

El aleph
El Aleph:
contenido y continente de lo infinito.